La ciudad que nunca fue

 

Por Amalia Alejandro

 Periodista

Desde los parques hasta los frontispicios, grandes, pequeños, adornados, monásticos, pasando por calles, mercado, portales, iglesias, modernas y antiguas, tejados, ventanas, con balcones de hierro forjado, viejas persianas, puertas coloniales, Santa Tecla, nos evoca las glorias de la capital planificada que nunca fue.

 Por eso se llamó Nueva San Salvador.

Mientras caminamos, sale a nuestro encuentro el esplendor pasado, ahora impregnado de la ausencia de aquellos que alguna vez habitaron esta ciudad y quisieron estampar un sello personal en su diseño.
Vencido por la edad, senil, corcovado, encontramos el edificio de la banda regimental que aún conserva vestigios de tiempos pasados, sin embargo, aún emerge firme ante una ciudad que avanza hacia lo nuevo.
Para delicia de los ojos, descubrimos el Palacio Municipal de las Bellas Artes, imponente, que saborea su regreso, luego de vencer en sus postrimerías al desastre, pero aún tiene olor a recuerdo enterrado.
El olor a madera viva cala en la nariz.
Corredores profundos, espaciosos, rodean el gran patio colonial, que evoca libertad, amplitud, silencio, enigmas de un pasado que revolotea en los muros restaurados.
Los relieves de las paredes, albergan historias sentidas, vividas.
Por las ventanas de los salones que ahora lucen vestido nuevo, entra una fresca brisa, mientras nueva sangre habita en ellos.
La musa Euterpe se pasea por los salones de música, donde se imparten clases de guitarra, violín y piano, además la escultura dibujo y pintura son parte de lo nuevo.
El Palacio Municipal conserva los pisos de terrazo, material de hormigón y mezcla de polvo de mármol, los cuales ahora restaurados lucen impecables.
Este edificio tiene un estilo colonial con un diseño arquitectónico que refleja la influencia italiana y francesa.
Aquí encontramos rincones en los que después de tanta ausencia, abandono, destrucción, olvido, se renueva lo antiguo. 
En las afueras del Palacio Municipal, nos reserva un espacio con olor a café.
Bajo el cielo tecleño, blanco y azul, nos sentamos y desde nuestra mesita contemplamos, al sur la Cordillera del Bálsamo y al norte, el volcán de San Salvador, apacible, inmóvil, acechante.
Sangre orgullosa de su pasado, Santa Tecla se impregna de aroma nuevo, que la hace lucir de gala, luminosa con estilo diferente y rebosante de calor humano como la Capital que nunca fue.